PRÓLOGO

 

Invierno de 1958

El crujir de la madera me alarmó, un miedo irracional se apoderó de mi mente tensando mi cuerpo y agudizando mis sentidos. Siguió un golpe seco y unos pasos apresurados. Ni siquiera me tomé el tiempo de pensarlo, me oculté instintivamente en uno de los viejos confesonarios. Pocos segundos después estaban frente a mí. Mis músculos quedaron paralizados ante la situación, no quería que me descubrieran. Escuchaba sus voces entre susurros sin identificar apenas alguna palabra. Intentaba amortiguar el sonido de mi agitada respiración con la manga de mi abrigo, debía permanecer inmóvil hasta que se hubieran marchado. Y así estuve, con el cuerpo rígido como un palo apoyado sobre un cómodo almohadón de tacto aterciopelado, respirando el aire viciado del habitáculo de madera envejecida y con la huesuda espalda erguida. Temía que un leve movimiento me delatase. A través de la rejilla intentaba poner cara a las personas que susurraban, deseaba conocer la identidad de los que podían ser mis verdugos, los que podían convertir mi  travesura en un castigo ejemplar; pero estaba muy oscuro, apenas unas bombillas iluminaban la imagen de un Cristo crucificado en el altar de la capilla. Podía distinguir el perfil de una mujer, como una sombra más de la propia iglesia; la otra figura en movimiento sujetaba un objeto rectangular, aparentemente de madera, que cerró como un cofre y que me recordó la caja de costura de mi madre. Parecían algo nerviosos, intercambiaron unas cuantas frases susurradas y los perdí de vista. Tras un silencio que  me pareció eterno, volví a ver al portador del objeto accediendo a través de una angosta escalera hasta una estrecha balconada ubicada en la base de la bóveda. Paseó por ella hasta detenerse junto al lienzo de “La aparición del arcángel Gabriel a la Virgen”, tan sobria como la propia capilla que vestía, situado donde mi ángulo de visión comenzaba a ser dificultoso. Lo manipuló durante un par de minutos y descendió rápidamente para reunirse junto a la mujer ya con sus manos vacías.

Fue más o menos en ese mismo instante, cuando un débil rayo de luz bañó sus siluetas lo suficiente como para que viera enmarcados sus rostros unidos por los labios a través de la vieja celosía que me enmascaraba. Aspiré inconsciente, tapándome fuertemente la boca con las manos, las piernas dejé de sentirlas y el corazón me latía fuera del cuerpo tan fuerte que temía que su sonido me delatara. Los caprichos de la luz y las sombras impidieron que identificara la mujer, pero a él lo reconocí inmediatamente, era el Padre Abel, el párroco del barrio. Duró sólo unos segundos, pero la imagen quedaría impresa en mi cerebro.

En aquellos momentos era consciente de que estaba siendo testigo de lo que para mí era el mayor de los pecados, aunque no tenía claro si Dios me juzgaría como a un cómplice de ello. Allí, en mi oprimente cárcel, no dejaba de suplicar clemencia, convenciéndome que si salía impune de ésta,  prometía desde ese momento portarme bien y no provocar ningún disgusto más a mi madre.  Seguro que estando en una iglesia alguno de los santos de escayola se apiadaría de mí y me daría otra oportunidad. Así que me arriesgué a mover los brazos con sumo cuidado y junté mis manos para recitar mentalmente el único párrafo del Padre Nuestro que me sabía.

Con la inocencia de mis ocho años, y los fantasmas del infierno revoloteando sobre mi cabeza, no era consciente de la trascendencia que iba a tener en mi vida lo que acababa de ver y escuchar desde las sombras.

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